lunes, 2 de junio de 2014

El rey abdica, ¿y tú Felipe?

Últimamente, este país —marca España para los emprendedores— nos está dando tantas sorpresas sin parar que apenas podemos asimilarlas de una en una, y mucho menos en conjunto.
Tras las últimas elecciones europeas el mapa político resultante en el país ha cambiado bastante. 
Los partidos de izquierda, por primera vez en la escasa historia de democracia tutelada que disfrutamos, han superado en número de votos a los dos partidos mayoritarios hasta ayer. PP y PSOE.
El guantazo electoral, pese a no ser unas votaciones nacionales, autonómicas o locales, es considerable. 
Los nervios se han apoderado de las cabezas pensantes que dirigen el cotarro, y ante la irrupción de algunos grupos minoritarios y nuevos que apenas nadie tenía en cuenta, a las chachas encargadas de limpiar y acomodar a los invitados en esta bonita democracia nacida de una tromboflebitis aguda, las están volviendo locas. Confunden los cubiertos de sitio, echan agua en las copas de vino, además de no saber con exactitud dónde sentar a los comensales recién llegados a palacio.
Hoy nos estamos desayunando, almorzando, comiendo y seguramente merendaremos y cenaremos con la noticia del año. El rey Juan Carlos I abdica.
Para un rey abdicar es como dimitir, para que nos entendamos. Ha decidido desaparecer de la vida pública e institucional, para dedicarse a aquello que siempre le ha gustado. Sean cuales sean sus gustos y aficiones. Aunque nos las podemos imaginar después de 39 años como jefe de estado. 
Creo que ha superado en longevidad en el cargo al que fue dictador —para algunos tan sólo autoritario— Francisco Franco. Como buen alumno aventajado, siempre el alumno ha de superar a su maestro.
Como en toda buena dimisión o abdicación que se precie, alguien tiene que sustituir a la persona dimitida. En el caso de los reyes, son sus hijos los encargados de hacerlo. Al igual que las sagas familiares todo debe quedar en familia para mantener su propia supervivencia. En las casas reales no existen oposiciones que valgan. Se les forma desde la cuna para ser reyes. Dios, la tradición y la costumbre de hacerlo avalan tales herencias. No preguntéis porqué.
La abdicación, desde el punto de vista de un republicano, y tomando un símil taurino —siento el símil por simplón— no es más que dar la alternativa, y de paso la muleta y la espada de matar, a sangre nueva... y azul por supuesto. Es decir autoperpetuarse. 
Lo veo lógico. Todo bicho viviente lo que desea es sobrevivir y dejar descendencia para la continuación de su especie. Si pudiese yo también lo haría. Pero siendo un simple trabajador es algo más complicado eso de sobrevivir e intentar perpetuarse. Hay normas y leyes que aunque no lo dicen claramente, sí que lo demuestran e impiden de manera fehaciente.
Pero claro, hablar de reyes y de trabajadores en la misma frase, a más de uno le puede causar convulsiones y taquicardias desagradables. Así que lo dejamos por hoy.
Hemos avanzado algo. No suele ser habitual que un rey abdique, lo normal es que muera en el trono y con la corona puesta antes de dejar disfrutar la herencia a los hijos. Yo, sinceramente, de don Juan Carlos no me esperaba esto. 
Ahora hay que avanzar más. ¿Felipe VI estará otros 39 años en el trono, o decidirá dejar esto de reinar para aquellos que saben de eso: el pueblo?

martes, 13 de mayo de 2014

Hipocresía y cinismo electoral.

Hoy, los actos de campaña de los distintos partidos políticos para las elecciones europeas están de luto.
Una representante política del PP, además de presidenta de la Diputación de León, ha sido asesinada.
La policía investiga el crimen y las autoras, una madre y su hija, fueron detenidas minutos después de cometer dicho crimen. 
Parece ser que los motivos que llevaron a este asesinato, es algo personal entre la hija detenida y la política asesinada. Nada que ver con un asesinato político, por mucho que eso frustre las esperanzas de carnaza y bilis de la derecha rancia y cavernaria de este país.
Además se da la circunstancia que la hija detenida pertenece al mismo partido que la presidenta asesinada. Incluso fue en las listas del partido en la provincia en una ocasión, aunque se quedó finalmente fuera.
A riesgo de parecer insensible, no me parece bien este parón en la campaña electoral. Eso de parar campañas por un asesinato motivado por algo que no tiene que ver con la política, no cuela. Y todos los partidos políticos han tragado con la sibilina justificación del PP. La hipocresía también se puede ejercer por pasiva, no sólo por activa. 
Casi seis millones de parados, y decenas de desahucios diarios, no son suficientes para parar nada en este país. Que el índice de suicidios suba ha medida que sube la desigualdad y la injusticia en España, no es motivo tampoco para parar nada. Queda claro que dependiendo quién muera, y como muera, es el único motivo por el que el gobierno, y parece ser que el resto de fuerzas políticas también, hacen homenajes y excepciones en plena campaña.
Existe un programa de televisión que se llama: "1000 MANERAS DE MORIR". En él se pueden ver la cantidad de motivos por los que muchas personas mueren, y morir a causa de unos disparos es tan solo una de ellas.
El PP ha metido un gol por toda la escuadra al resto de partidos y les ha hecho adoptar su esquema de juego. 
Ha atado las manos a sus contrincantes políticos al parar la campaña, pero ellos de alguna manera, siguen haciendo campaña... por otros medios. Criticando torticeramente no el asesinato en sí, sino según su delirante entender, cargando contra las legítimas críticas que la política en general, y algunos miembros del PP en particular, están recibiendo por parte de la ciudadanía y los pocos medios de comunicación que aún mantienen su honestidad, objetividad e independencia.
La doblez interesada y la brutal mezquindad de toda esta estrategia de la derecha mediática que se vale de un cadáver al que aún no han enterrado da nauseas. La conformidad con que el resto de los partidos políticos han decidido seguir el juego al partido en el poder... inquieta.

domingo, 27 de abril de 2014

Canonización exprés y televisada.

Hoy, la iglesia católica y el calendario gregoriano están de celebración.
Van a ser subidos a los altares dos hombres santos. O algo así nos cuentan.
Uno es Juan XXIII, Papa de Roma desde 1958 hasta 1963, año en que falleció. El otro es Juan Pablo II, igualmente Papa desde 1978 hasta 2005, año de su muerte.
Soy el menos indicado para decir quien puede o no, ascender a la santidad, pero con todo el guirigay que hoy  tienen montado en la Santa Sede, a uno no le queda más remedio que sacudirse las telarañas dominicales, e intentar participar también de tal alegría, mientras por el rabillo del ojo observa al gato encerrado que ronronea en dicho evento, al constatar los años que deben pasar para algunos a la hora de ascender en categoría, y el poco tiempo que les cuesta a otros llegar al mismo peldaño... milagros requeridos para dicho fin aparte.
La rapidez que se ha ejercido para canonizar a Juan Pablo II, en comparación con su otro compañero de santificación, es un claro caso de desigualdad entre Papas, y sobre todo es un claro ejemplo de desigualdad entre santos. Mas de 50 años de espera para uno y menos de diez años para otro. Aquí alguien ha decidido obsequiarnos con un «caballo de Troya» santoral que abre la puerta, a partir de ahora, a muchas interpretaciones a la hora de santificar a más gente.
Parece ser que los encargados de estos ascensos, no solo miran la trayectoria personal a lo largo de la vida de los candidatos, también miran su tirón mediático, a la hora de puntuar en santidad. 
En el caso de Juan XXIII, llamado el «Papa bueno», su trayectoria llevando las riendas de la Iglesia, posiblemente encaje en eso que los creyentes llaman santos, más que nada por su intento de apertura y cambio de actitudes en la curia, y su actividad en favor de la paz mundial en una época convulsa políticamente, cosa que incomodó sobremanera en el propio seno de la iglesia y, por el contrario, alegró y atrajo a multitud de fieles y creyentes católicos y no tan católicos. Luego, tras su muerte, realizó un milagro sanando el estómago de una monja. Con eso, la santificación era una simple cuestión de tiempo. 
Sobre milagros, número de milagros y apariciones, me abstengo de decir nada. Al menos hoy.
En el caso de Juan Pablo II, conocido como el «Papa viajero», la verdad es que, viendo la trayectoria de este hombre, lo único cristiano que le he visto hacer fue suceder a su antecesor Juan Pablo I, muerto al mes de acceder a su cargo. Con la llegada de este Papa a Roma, la iglesia católica dio un paso atrás en el tiempo, y quedó anclada en una época anterior a la llegada del intelecto, del entendimiento, de la razón y la ciencia a las personas. Pese a aprovechar los recursos tecnológicos existentes a la hora de extender su mensaje evangelizador. Época, por cierto, que aún colea, pese a los, parecen ser, intentos del actual Papa Francisco en avanzar al mismo paso que el resto del mundo y así poder quitar el pelo de la dehesa oscura y medieval que Juan Pablo II dejó adherida en los misales. Amante de los grandes escenarios y las ceremonias multitudinarias al visitar países, puso de moda besar el suelo al bajar del avión nada más aterrizar, y en la última etapa de su apostolado, enfermo y notablemente avejentado, también puso de moda dormirse en mitad de la misa. Como mandan los cánones de la iglesia, también superó la prueba de los milagros tras su muerte, al curar a dos personas. Una monja con párkinson, y una señora con aneurisma que, por lo visto, rezó al difunto Juan Pablo II.
Voy a omitir, otra vez, cualquier alusión a dichos milagros, su número mínimo para optar a título de tal y curaciones in extremis con las que nos obsequian estas historias de santidad.

Aquí, en España, los medios de comunicación han seguido con gran interés tales santificaciones. Al igual que los medios desplegados para retransmitir un partido de fútbol, ningún medio parece haberse quedado corto en cuanto a personal y medios técnicos para seguir tan importante evento. Lástima que no haya más santificaciones en directo como partidos de fútbol hay al cabo del año. El olfato periodístico para dar las noticias que interesan a la gente, parece haberse perdido en favor del conformismo con el poder establecido y de los anunciantes con silla en los consejos de administración de los propios medios informativos. Uno ya no sabe si las noticias, en realidad, no son más que publi-reportajes descarados de los que pagan los espacios para la publicidad en los medios de comunicación.
Ser un estado aconfesional, al menos en España, ayuda al hecho de poder ver, sin salir de casa, una misa televisada todos los Domingos por la televisión pública. Y como no todos los días santifican Papas, está claro que además, hoy hemos tenido el privilegio de asistir a una doble santificación papal en directo, minuto a minuto, para no perdernos nada de tan interesante acontecimiento. Con tanto fervor religioso por parte de algunos compatriotas a la hora de dar noticias de tal calibre, y de otros a la hora de verlas, parece ser que estoy en buenas manos. Una buena parte de nuestros representantes políticos se han dejado caer por la plaza de San Pedro para apoyar con su presencia dicha santificación.
En fin, que «a quién Dios se la de, San Pedro se la bendiga». Si no digo nada de la gente que ve programas de cotilleo, no voy a decir tampoco nada de quienes prefieren ver en la tele a señores mayores, vestidos con ropas y gorros extraños, hablando de Dios con un tono amanerado y monótono. Desde que se inventaron los reproductores dvd, quien no ve cine en casa es porque no quiere.




miércoles, 23 de abril de 2014

Juicios de jueces sin juicio.

Que un caso como el de Miguel Blesa, expresidente del consejo de administración de Caja Madrid, acabe tapado por el juicio al que está sometido el juez que enjuició su caso, es típico de este país tan bellotero. 
Los que no vestimos toga para dirimir nuestras diferencias, no sabemos, ni imaginamos los intríngulis judiciales con que tienen que lidiar los encargados de impartir justicia, y casi es mejor callarnos, no sea que nos llamen demagogos, o algo peor.
Independientemente de los errores cometidos por el juez Elpidio Silva en su doble intento de meter entre rejas al señor Blesa, la petición de 30 años de inhabilitación por prevaricación que le pide la acusación resulta chocante. Y puede dar gracias porque la acusación particular del propio Blesa pide 40 años de inhabilitación. De la velocidad para encausarle que ha tenido el Tribunal Superior de Justicia de Madrid, solo decir que es digna de encomio.
Que luego no diga nadie que en España no hay democracia. Se nota que los años, para el señor Blesa, no tienen el mismo valor que los euros que algunos de sus antiguos clientes han perdido bajo su presidencia en la entidad que hoy se conoce como Bankia. Si me intentas condenar a 20 años, te inhabilito por 40. A ver quién la tiene más larga.
Yo pensaba que los jueces del TSJM eran personas serias y formales, la toga para eso ayuda mucho, pero sabiendo cosas como esta, uno pierde la esperanza de poder ver un auténtico thriller judicial de los que hacen época, y tan solo espera acabar viendo un paripé entre competidores togados. Una versión judicializada de lo que ocurre en nuestros ruedos parlamentarios.
Política judicializada. Justicia politizada. Togas que dejan asomar carnets caducados de partidos. Políticos que dejan entrever por los puños de sus trajes togas raídas y rancias. Folclore político-judicial amenizado con subterfugios del código penal y programas electorales incumplidos.
No pasa nada, la veracidad se supone que es innata en la autoridad, ya sea esta, judicial, policial, política o empresarial. Y así nos va.
Tantos artículos penales, tantos decretos leyes aprobados por mayoría absoluta y absolutista, tantos códigos de buena conducta, acaban abrumando nuestras ignorantes cabezas para estas cuestiones de «realpolitik» que no entendemos, y se preocuparán de que jamás entendamos.
Dura lex sed lex, que los profanos en materia judicial, gracias a cosas como estas, acabamos entendiendo algo así como «con sed bebe en duralex».

miércoles, 16 de abril de 2014

Procesiones 2014.

España, desde hace años, vive una Semana de Pasión continua y constante a la que nadie parece saber, ni querer, atajar.
Nuestra afición religiosa a las colas, ya sea para sacar al santo de turno, o para acudir al fútbol, ha encontrado su razón de ser en los altos índices de paro que asolan el país. 
Las cinco regiones de la UE con más paro resulta que forman parte de esta piel cuarteada de toro que es España. Otra muesca para la relumbrosa marca España.
Nuestro registro genético a no saber, o no querer saber, por dónde nos sopla el aire, no da muchas esperanzas de que esto vaya a cambiar, pese a la fe religiosa de nuestra ministra de Trabajo, Fátima Bañez. Tanta ignorancia vestida de inocencia no es normal. El infantilismo ministerial  avergüenza más que tranquiliza.
Tengo tan poca fe depositada en nuestros gobernantes, que el día que estas procesiones camino del SEPE dejen de ser visibles, pienso que será porque la gente se ha concienciado y ha empezado a usar masivamente la opción telemática. Pero no porque se haya solucionado el problema, sino por ser la única manera de evitarse colas y esperas innecesarias. Al igual que el soterramiento de la M-30, será una manera de esconder bajo tierra los atascos. Uno no quiere ser mal pensado pero los hechos cantan, y los datos son demoledores, pese a la fe inquebrantable de nuestros dirigentes en creer todo lo contrario.
Y mientras, nazarenos, penitentes y cofrades, conmemoran la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Las iglesias sacan su artillería pesada, y los creyentes sinceros, creyentes a secas, curiosos y profanos, asisten a las múltiples procesiones y representaciones de la Pasión, a poco que se despisten en alguna calle del casco viejo de cualquier ciudad.
Las carreteras se llenan de tráfico para huir unos días a las playas y al campo. Procesiones laicas en busca de una Redención en forma de descanso. Un «Spring Break» que aquí teñimos de negro y morado. Vestigios de una tradición que cuenta historias que apenas ya nadie entiende, ni parece querer entender.
Algunos miembros de nuestro católico gobierno, se fotografiarán como creyentes fervorosos de una religión que, originariamente al menos,  predicaba la caridad, la prudencia, la justicia y la templanza entra algunas de sus virtudes cristianas. Tengo grabadas unas cuantas risas enlatadas para cuando vea tales imágenes. Risas aseguradas, por si me pilla sin ganas.
Ya sabemos que el hábito no hace al monje, pero aún así se hace raro contemplar tales dechados de virtudes practicando todo lo contrario de lo que sus propias creencias dictan, y sus propios hechos demuestran.
Fariseos, hipócritas, sepulcros blanqueados... no lo digo yo, lo dijo, según La Biblia, ese tal Jesús, que estos días pasean por toda España medio desnudo, desangrado y coronado de espinas, antes de dejarlo clavado y colgado de unos palos. 
Lo malo es que al tercer día le dio por resucitar. A partir de ahí el cuento deja mucho sitio a la imaginación. Además, sin cuerpo no hay delito. Y así es difícil demostrar nada.
Eso de saber que tras la muerte, con sólo haberse arrepentido, nos espera la vida eterna, está haciendo mucho más daño que bien al poder judicial.
Golpes al pecho, latigazos en la espalda, y algún que otro indultado que, en agradecimiento a tanta magnanimidad de la Justicia, se siente obligado a cargar con la pesada imagen de algún cristo o alguna virgen redentora, para demostrar su sincero arrepentimiento y total agradecimiento.
Me quedo, de esta Semana Santa, con esa nueva realidad española que dice nuestra beata ministra de Trabajo. La verdad, tampoco se diferencia mucho a lo que ha sido siempre. Una mierda pinchada en un palo. Todo lo santa y sagrada que se quiera, pero igual de mierda. Me refiero a la realidad española.